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Te conocí ahí, en medio de ningún lugar, lejos de casa. No me caíste bien, para nada. Hasta pensé que eras un tipo pedante y soberbio.
Pero se dio que trabajábamos uno al lado del otro, y descubrí que tenemos muchas cosas en común. Y descubrí también que nuestro humor es similar. Y sin más me encontré coqueteándote honestamente y sin rodeos, como me gusta.
Días de histérica reiteración; de acecharte como a todos, como a ninguno. Días de perseguir tu soledad para hacerla nuestra.
La impunidad del anonimato es maravillosa.
Salimos a la noche.
Todos.
Ese fue el acuerdo que nadie respetó, salvo vos y yo.
Solos en una ciudad desierta, perdidos en el desconocido territorio de la noche ajena, nos dejamos ir por callejuelas angostas donde las veredas se fundían con calles adoquinadas y antiguas.
Hacía frío. Por las noches allí siempre hace frío, y fue la excusa perfecta para colgarme de tu brazo. Y fue la excusa perfecta para entrar a aquel bar escondido y ficcional.
Me encantó verte agazapado en ese rincón, tomando nervioso de tu vaso de vino, mirándome con esos ojos que se volvieron suaves, hasta un poco tiernos.
"Más de una vez me tuve que frenar para no..."
Dejaste de hablar. Me encanta distraerte, que pierdas el hilo de la conversación para quedarte mirándome así, como un adolescente. Más sabiendo que tus abriles son más que los míos, abstraerte es mi mejor recompensa.
Te perdías en mis labios tomando el licor dorado del vaso.
No debí haberte buscado. En su momento vi el anillo que supo dejar la marca clara en ese dedo de tu mano, que en ese momento sostenía el vaso, pero no le di importancia. No era asunto mío, ¿verdad?
Sonreí. Sonreíste.
Por la ciudad que no nos reclama caminamos al abrigo de nuestros brazos hacia mi hogar circunstancial.
Dudaste al abrirse la puerta, pero tomé tu mano y con un beso húmedo en tu palma te arrastré hacia el interior.
Esperamos el ascensor, que llegó desierto.
En el cubículo pequeño, infinitesimal, besé la comisura de tus labios; y cuando cerraste los ojos esperando más, supe que ya eras mío.
Otro beso en la comisura, otro beso de lleno en tus labios… esos labios que se abrían para dar paso a la humedad de tu boca caliente. Labios carnosos, labios gruesos y suaves que mordí una y otra, y otra vez.
Séptimo piso.
Te empujé fuera del ascensor y así te llevé hasta la puerta de la habitación, mirando tus ojos, mirando tu boca, pero sin volver a besarte. Pude sentir como la tensión crecía, como tu cara se transformaba por la ansiedad.
La puerta se abrió y te empujé hacia adentro besándote en los labios… otra vez esos labios. Tus manos hábiles sacaron mi abrigo y tu saco también cayó en el suelo. Te llevé a la cama con esa cara inocente que tantas satisfacciones me ha dado. Con un pequeño empujón te senté en la cama y me agaché frente a ti. Me encanta quitarles los zapatos a mis hombres.
Me incorporé y avancé sobre vos. Estabas sentado en la cama y yo me senté encima tuyo, de frente a vos, mirándote divertida.
Sonreíste otra vez.
Tus labios se acercaron lentamente a mi boca, como pidiendo permiso. Los besé con ternura, despacio, mansamente. Tus manos me rodearon por la cintura y se colaron en mi ropa. Tenés manos calientes, eso es bueno. Besándome bajaste de mi boca a mi cuello y te hundiste en mi escote deliciosamente. Desabotoné tu camisa y vos terminaste de sacártela. Volviste a besar mis labios y esas manos cálidas levantaron mi remera, y nuestro beso se detuvo un instante para dejarla pasar. Me encantó tu sorpresa cuando notaste que no llevaba nada debajo de ella. Me tomaste en tus brazos y me tendiste en la cama, y besando mis pechos desnudos, mis garbosos pezones con fruición, me quitaste lo que quedaba de ropa. “Las botas no”, dijiste.
Volviste a besar mi carne blanca con esa boca hambrienta, mordiéndome, marcándome los dientes en la piel. Bajaste por mi vientre lentamente, haciéndome padecer cada centímetro recorrido con lentitud por esa lengua pérfida y deliciosa. Con tus manos separaste mis piernas mientras bajabas, preparando el terreno para tu llegada. Besaste mi pubis una y mil veces hasta que finalmente rozaste tímidamente mi sexo con tu lengua. Una oleada de calor recorrió mi cuerpo. Otra vez, otro roce. Más calor. Pausadamente hundiste tu boca en mí, logrando que me estremeciera en cada contacto, con cada beso. Llevé mis manos a tu cabeza y comencé a jugar con tu pelo. Con mis caricias se intensificó la forma en que me besabas, me lamías, me comías. Fue eterno, tan eterno como pude soportarlo.
Cuando estaba al borde del éxtasis te detuviste y levantando la cabeza me miraste socarronamente. No lo dudé, te deseaba tanto que me abalancé sobre vos y te quité lo que te quedaba de ropa. Desnudo me empujaste sobre la cama, tomando mis brazos por las muñecas y forzándome a mantenerlos arriba. Mordiendo y lamiendo mi cuello te escurriste entre mis piernas y súbitamente te contoneaste hasta que tu sexo ardiendo estuvo sobre el mío. Sentía el calor de tu carne próxima y el ruido del aluminio romperse. Y sentí tu sexo seguro sobre el mío, y sentí la carne tibia entrando en mí, y sentí esa corriente eléctrica tan dulce por todo el cuerpo, y sentí, y sentí y sentí…
Te sentí toda la noche, tus manos firmes en mi carne trémula, mis manos suaves en tu piel salina, vos en mí, yo en vos, mío, tuya.
Y estas historias terminan así…
…con un número de teléfono que nunca vas a discar porque sabés que nadie va a atenderte.
Pero se dio que trabajábamos uno al lado del otro, y descubrí que tenemos muchas cosas en común. Y descubrí también que nuestro humor es similar. Y sin más me encontré coqueteándote honestamente y sin rodeos, como me gusta.
Días de histérica reiteración; de acecharte como a todos, como a ninguno. Días de perseguir tu soledad para hacerla nuestra.
La impunidad del anonimato es maravillosa.
Salimos a la noche.
Todos.
Ese fue el acuerdo que nadie respetó, salvo vos y yo.
Solos en una ciudad desierta, perdidos en el desconocido territorio de la noche ajena, nos dejamos ir por callejuelas angostas donde las veredas se fundían con calles adoquinadas y antiguas.
Hacía frío. Por las noches allí siempre hace frío, y fue la excusa perfecta para colgarme de tu brazo. Y fue la excusa perfecta para entrar a aquel bar escondido y ficcional.
Me encantó verte agazapado en ese rincón, tomando nervioso de tu vaso de vino, mirándome con esos ojos que se volvieron suaves, hasta un poco tiernos.
"Más de una vez me tuve que frenar para no..."
Dejaste de hablar. Me encanta distraerte, que pierdas el hilo de la conversación para quedarte mirándome así, como un adolescente. Más sabiendo que tus abriles son más que los míos, abstraerte es mi mejor recompensa.
Te perdías en mis labios tomando el licor dorado del vaso.
No debí haberte buscado. En su momento vi el anillo que supo dejar la marca clara en ese dedo de tu mano, que en ese momento sostenía el vaso, pero no le di importancia. No era asunto mío, ¿verdad?
Sonreí. Sonreíste.
Por la ciudad que no nos reclama caminamos al abrigo de nuestros brazos hacia mi hogar circunstancial.
Dudaste al abrirse la puerta, pero tomé tu mano y con un beso húmedo en tu palma te arrastré hacia el interior.
Esperamos el ascensor, que llegó desierto.
En el cubículo pequeño, infinitesimal, besé la comisura de tus labios; y cuando cerraste los ojos esperando más, supe que ya eras mío.
Otro beso en la comisura, otro beso de lleno en tus labios… esos labios que se abrían para dar paso a la humedad de tu boca caliente. Labios carnosos, labios gruesos y suaves que mordí una y otra, y otra vez.
Séptimo piso.
Te empujé fuera del ascensor y así te llevé hasta la puerta de la habitación, mirando tus ojos, mirando tu boca, pero sin volver a besarte. Pude sentir como la tensión crecía, como tu cara se transformaba por la ansiedad.
La puerta se abrió y te empujé hacia adentro besándote en los labios… otra vez esos labios. Tus manos hábiles sacaron mi abrigo y tu saco también cayó en el suelo. Te llevé a la cama con esa cara inocente que tantas satisfacciones me ha dado. Con un pequeño empujón te senté en la cama y me agaché frente a ti. Me encanta quitarles los zapatos a mis hombres.
Me incorporé y avancé sobre vos. Estabas sentado en la cama y yo me senté encima tuyo, de frente a vos, mirándote divertida.
Sonreíste otra vez.
Tus labios se acercaron lentamente a mi boca, como pidiendo permiso. Los besé con ternura, despacio, mansamente. Tus manos me rodearon por la cintura y se colaron en mi ropa. Tenés manos calientes, eso es bueno. Besándome bajaste de mi boca a mi cuello y te hundiste en mi escote deliciosamente. Desabotoné tu camisa y vos terminaste de sacártela. Volviste a besar mis labios y esas manos cálidas levantaron mi remera, y nuestro beso se detuvo un instante para dejarla pasar. Me encantó tu sorpresa cuando notaste que no llevaba nada debajo de ella. Me tomaste en tus brazos y me tendiste en la cama, y besando mis pechos desnudos, mis garbosos pezones con fruición, me quitaste lo que quedaba de ropa. “Las botas no”, dijiste.
Volviste a besar mi carne blanca con esa boca hambrienta, mordiéndome, marcándome los dientes en la piel. Bajaste por mi vientre lentamente, haciéndome padecer cada centímetro recorrido con lentitud por esa lengua pérfida y deliciosa. Con tus manos separaste mis piernas mientras bajabas, preparando el terreno para tu llegada. Besaste mi pubis una y mil veces hasta que finalmente rozaste tímidamente mi sexo con tu lengua. Una oleada de calor recorrió mi cuerpo. Otra vez, otro roce. Más calor. Pausadamente hundiste tu boca en mí, logrando que me estremeciera en cada contacto, con cada beso. Llevé mis manos a tu cabeza y comencé a jugar con tu pelo. Con mis caricias se intensificó la forma en que me besabas, me lamías, me comías. Fue eterno, tan eterno como pude soportarlo.
Cuando estaba al borde del éxtasis te detuviste y levantando la cabeza me miraste socarronamente. No lo dudé, te deseaba tanto que me abalancé sobre vos y te quité lo que te quedaba de ropa. Desnudo me empujaste sobre la cama, tomando mis brazos por las muñecas y forzándome a mantenerlos arriba. Mordiendo y lamiendo mi cuello te escurriste entre mis piernas y súbitamente te contoneaste hasta que tu sexo ardiendo estuvo sobre el mío. Sentía el calor de tu carne próxima y el ruido del aluminio romperse. Y sentí tu sexo seguro sobre el mío, y sentí la carne tibia entrando en mí, y sentí esa corriente eléctrica tan dulce por todo el cuerpo, y sentí, y sentí y sentí…
Te sentí toda la noche, tus manos firmes en mi carne trémula, mis manos suaves en tu piel salina, vos en mí, yo en vos, mío, tuya.
Y estas historias terminan así…
…con un número de teléfono que nunca vas a discar porque sabés que nadie va a atenderte.