lunes, junio 27, 2005

Noche.

Eran casi las 3 de la mañana cuando desistí y decidí salir de la cama.
No podía dormir porque no dejaba de pensar en vos.
Me senté frente al espejo grande de mi cuarto y comencé a observarme. Quería ver si quedaba algo tuyo en mí.
Recostada en el sillón, apoyaba las piernas sobre uno de los apoyabrazos para verlas mejor. La remera que tenía puesta, mi única prenda de dormir, sugería mi cuerpo desnudo y dócil bajo el efecto del sueño incompleto.
Recorrí mis piernas con la vista lentamente, tratando de encontrar tus caricias y tus besos, pero no encontré nada.
Levantando un poco mi remera miré mi vientre, y me di vuelta para buscar tus mordiscos en mi cola, pero ya no estaban. Levantando mi ropa un poco más, noté que tampoco estaban las marcas de tus dedos en la piel de mis pechos, ni quedaba el perfume de tu piel en mi espalda.
Finalmente desnuda me miré en ese espejo grande y volví a observarme.
Fue sólo entonces que encontré sobre mi clavícula desnuda las marcas de tu placer.
Y del mío.