miércoles, julio 27, 2005

Amanecer.

Cuando despertamos, los sentidos se van incorporando de a uno. Primero el olfato, después el tacto, entonces el oído o tal vez el gusto y, finalmente cuando abrimos los ojos, la vista.
Sabemos que la sensualidad del despertar es extrema porque los sentidos se abren como flores en ese momento, y escapando del sueño percibimos cada sensación detalladamente.

Aquella mañana dormías cuando me desperté. Tus ojos cerrados, la respiración rítmica y tranquila. Quieto. Eras el desayuno perfecto.
Me acerqué a vos por tu izquierda y me incorporé a medias para poner mi boca sobre tu cuello. Pasé mi lengua húmeda por tu piel e inmediatamente soplé encima, tentándote con el frío para que despiertes. Al no obtener respuesta besé tu cuello en el mismo lugar, suavemente.
Nada.
No me importó, yo iba a devorarte de todos modos.
Comencé a pellizcar tu pezón derecho suavemente con mis dedos mientras seguía lamiendo y mordiendo tu cuello. El sabor de tu piel inundaba mi boca sedienta de vos. Mis labios se mudaron a tu oreja y mi lengua la recorrió toda. Y vos todavía dormías, pero tu respiración había cambiado.
Mis besos empezaron a bajar. Devorado tu lóbulo bajé por ese músculo en tu cuello que es tan... apetecible. Bajando mordí tu otro pezón, el que no estaba pellizcando, y tiré suavemente de él.
Es increíble que aún dormido puedas excitarme tanto.
Continué mi recorrida besando tu abdomen, empujando las sábanas hacia abajo para que no se interpusieran en mi camino. Y te observaba dormir mientras exponía tu cuerpo a la luz de la mañana, porque tenés esa deliciosa costumbre de dormir desnudo.
Cuando la sábana llegó a tus rodillas me senté sobre tus piernas y volví a mi festín. Mis labios pedían a gritos tu carne. Besos por tu vientre, tus caderas, tu pelvis... y de pronto todo tu sexo estaba en mi boca. Y mis piernas rodeando las tuyas, y esa mano que antes pellizcara tu pezón se encontró entonces sobre mi sexo completamente húmedo, porque el deseo era incontrolable.
Y tu falo dejó de entrar en mi boca, y sentí tu mano jugando con mi pelo. Y levanté la vista mientras seguía comiéndote para encontrarme con esos ojos que me desarman, pero estaban cerrados, disfrutando la sensación de mi lengua tibia, mis labios subiendo y bajando, mis manos recorriendo tu piel... Me encantó descubrir lentamente la respuesta de tu cuerpo a mis estímulos: tu respiración agitándose, tus manos aferrándose a mí, el suave movimiento de tu pelvis al ritmo que mi boca marcaba, tu abdomen contrayéndose bajo mi mano... No podés ser tan delicioso.
Con un camino de besos viajé hasta tu cuello, rozando tu piel con mi cuerpo durante el viaje, y sin dejar de tocar tu sexo suavemente. Me acerqué a tu oído y te susurré un "Buen día" como al pasar. Y sonreíste. Y observé fascinada tu cambio de expresión cuando notaste que estabas entrando en mí de la forma más delicada. Despacio, percibiendo el calor y la humedad de mi cuerpo a cada centímetro. No pude dejar de morder mi labio y recordé que ese día aún no había besado los tuyos, de modo que en cuando te sentí completo dentro de mi me desplomé sobre tu cuerpo para besarte profundamente. Por un instante el único movimiento fue el de las lenguas acariciándose en la oscuridad de nuestras bocas. Y cuando ya no pude contenerme, mis caderas comenzaron a moverse lentamente al principio, más rápido después. Y el calor de tu piel contra la mía era exquisito, y nuestras lenguas se frotaban enardecidas, y un cosquilleo de placer recorría todo mi cuerpo, y seguramente el tuyo.
Querías ir arriba pero no te lo permití. Nunca permito que mis desayunos me contradigan. Te sentaste en la cama y te rodeé con mis piernas, y nuestros cuerpos continuaron su danza en un abrazo impetuoso, candente, férvido. Y los límites se perdieron, porque yo ya no sabía dónde empezaba tu cuerpo y donde terminaba el mío. Y nuestro placer alcanzaba su punto cúlmine casi al unísono, entre lenguas ardiendo y cuerpos húmedos...
Y vos en mí, y yo en vos.
El abrazo duró unos instantes más, pero pareció eterno.
Un beso en los labios, de esos que nos comprometen.
"Buenos días", contestaste.