miércoles, julio 06, 2005

Bocanada.

Tirada en el sillón tomo un poco de humo del cigarro que armé hace tan solo un momento.
Mi abuelo podía armarlos con una mano y le quedaban perfectos, igual que a mi. Puede que de él haya copiado yo esta facilidad para el vicio.
A él lo mató el pucho. Lentamente se lo fue comiendo por dentro.
Enfermo como estaba igual se escondía en el baño para fumar un poco más, mientras el monstruo crecía en sus pulmones y los inundaba, llenando de ausencias mi tiempo.
El cigarro va a mis labios y tomo un poco de humo.
Lo dejo escapar por mi nariz, desinteresadamente.

Fumar es bueno para pensar... o para no hacerlo. Así, suspendida en una nube de tabaco y frío, me duele menos el mundo.
¿Y si me apago?
Sería demasiado fácil. Además tendría que dejar de fumar.
Otra vez el pucho en la boca. Inspiro.
El aire caliente y gris me inunda.

Me pregunto si morir será como nadar de noche. No recuerdo dónde leí esa comparación, pero me gusta la idea. Nadar de noche es delicioso.
Exhalo.
El humo se escapa entre mis labios laxos.
Miro la columna gris que se eleva desde la punta del cigarro allá, entre mis dedos. De pronto mi mano parece distante, más lejana que nunca.
El humo sube y se desdibuja en el aire denso de mi cuarto. No hay mas luz que la que se filtra por la ventana entreabierta, que deja apreciar que afuera hace frío esta noche.

Tendría que haber preparado más café. O tal vez la cena.
Pero esta noche no tengo hambre, sólo tengo ganas de fumar acá, desparramada en este sillón desvencijado.
Tal vez hasta mañana.
De todas formas no falta tanto.