Trampa.
La tarde se hace azul de frío y noche mientras esos tacos infinitos arañan las baldozas del centro.
El tapado largo apenas cubre las pantorrillas congeladas atrapadas en las medias de nylon negras. La falda que le cubre las rodillas se escapa de vez en cuando del abrigo, únicamente para recordarle que todavía está allí.
El aire helado que viene de Corrientes le duele en los pómulos, pero poco importa ya. En aquel bar, a pasos de donde ella se encuentra, él la está esperando.
No alcanza a verlo desde el otro lado de la calle. Pero eso es lógico, se está escondiendo.
Llega a la puerta del bar y duda al abrirla.
¿No está mal esto?
Por décima vez: no.
Y apura el empujón que abre la puerta y deja entrar, para disgusto del señor de ojos grandes tomando cerveza, un soplido de viento gélido que la precede y la persigue, coqueteando con esa falda escurridiza. La puerta se cierra y súbito se genera un vacío en el lugar. Ella lo busca con la mirada ansiosa, y no lo ve.
Silencio, angustia, desconcierto... y una mano que se agita desde el fondo del local...
Y una presión en el pecho que cede...
Y un paso,
y otro.
Él sonríe desde allí y la espera. Ella camina hasta alcanzarlo y se sienta en su mesa.
Hola.
Hola.
Besa sus labios suavemente, apenas entreabriendo la boca, acariciándolos con esa carne tibia y húmeda, más profunda. Se quita el abrigo y se sienta frente a él.
No pueden dejar de mirarse.
A los ojos, como hechizados.
Mesera.
Piden lo que van a tomar, pero no es importante. Nada es importante. Nada con excepción del brillo de esos dos pares de ojos que se anhelan de un lado al otro de la mesa.
Él extiende su mano por sobre el mantel. Ella le corresponde.
Las palmas encontradas en un abrazo de carne y alma que se pierde en el ruido del local. Y esos ojos que se miran. Y las sonrisas en la cara. Y las piernas que se acercan por debajo de la mesa. Y el calor que sube por el cuerpo de ambos, casi al unísono, a medida que las manos se acercan más, que las piernas se rozan más, que los ojos se dicen más cosas.
Y el alcohol baja mientras se miran, y las manos juegan con los vasos y la botella, que va y viene. Y las mismas manos siguen rozándose queriendo, y cuando no están ocupadas se vuelven a reunir en ese abrazo candente, y las miradas continúan, y los cuerpos desean.
Y todo en silencio. Sin decir nada con palabras, porque las palabras sobran hoy.
Ella sonríe, vacía su vaso y se pone de pié.
Él la observa esconderse en el tapado largo, aquel que apenas le cubre las pantorrillas. La mira irse de la mesa caminando lentamente, casi tan lentamente como llegó, pero esta vez segura. Y se queda pensando cuándo volverá a verla.
Ella abre la puerta del bar. El aire helado le pega en la cara como un soplo de vida.
Ella sonríe.
Sonríe y se va.
El tapado largo apenas cubre las pantorrillas congeladas atrapadas en las medias de nylon negras. La falda que le cubre las rodillas se escapa de vez en cuando del abrigo, únicamente para recordarle que todavía está allí.
El aire helado que viene de Corrientes le duele en los pómulos, pero poco importa ya. En aquel bar, a pasos de donde ella se encuentra, él la está esperando.
No alcanza a verlo desde el otro lado de la calle. Pero eso es lógico, se está escondiendo.
Llega a la puerta del bar y duda al abrirla.
¿No está mal esto?
Por décima vez: no.
Y apura el empujón que abre la puerta y deja entrar, para disgusto del señor de ojos grandes tomando cerveza, un soplido de viento gélido que la precede y la persigue, coqueteando con esa falda escurridiza. La puerta se cierra y súbito se genera un vacío en el lugar. Ella lo busca con la mirada ansiosa, y no lo ve.
Silencio, angustia, desconcierto... y una mano que se agita desde el fondo del local...
Y una presión en el pecho que cede...
Y un paso,
y otro.
Él sonríe desde allí y la espera. Ella camina hasta alcanzarlo y se sienta en su mesa.
Hola.
Hola.
Besa sus labios suavemente, apenas entreabriendo la boca, acariciándolos con esa carne tibia y húmeda, más profunda. Se quita el abrigo y se sienta frente a él.
No pueden dejar de mirarse.
A los ojos, como hechizados.
Mesera.
Piden lo que van a tomar, pero no es importante. Nada es importante. Nada con excepción del brillo de esos dos pares de ojos que se anhelan de un lado al otro de la mesa.
Él extiende su mano por sobre el mantel. Ella le corresponde.
Las palmas encontradas en un abrazo de carne y alma que se pierde en el ruido del local. Y esos ojos que se miran. Y las sonrisas en la cara. Y las piernas que se acercan por debajo de la mesa. Y el calor que sube por el cuerpo de ambos, casi al unísono, a medida que las manos se acercan más, que las piernas se rozan más, que los ojos se dicen más cosas.
Y el alcohol baja mientras se miran, y las manos juegan con los vasos y la botella, que va y viene. Y las mismas manos siguen rozándose queriendo, y cuando no están ocupadas se vuelven a reunir en ese abrazo candente, y las miradas continúan, y los cuerpos desean.
Y todo en silencio. Sin decir nada con palabras, porque las palabras sobran hoy.
Ella sonríe, vacía su vaso y se pone de pié.
Él la observa esconderse en el tapado largo, aquel que apenas le cubre las pantorrillas. La mira irse de la mesa caminando lentamente, casi tan lentamente como llegó, pero esta vez segura. Y se queda pensando cuándo volverá a verla.
Ella abre la puerta del bar. El aire helado le pega en la cara como un soplo de vida.
Ella sonríe.
Sonríe y se va.