Sweet sahumerio
Ella juega en el sillón,
está descalza
algo sobrenatural
la desplaza.
El sillón, en un rincón atemporal de la habitación.
Mirando los barcos que se alejan hacia el Atlántico pienso si vas a tardar mucho en salir de la ducha.
El sonido de las gotas al caer es tentador, incluso para mí en mi privilegiada posición.
Vapor que se asoma por el vano de una puerta que intento no mirar, para no tentarme. Pero el sonido de mil gotas recorriendo tu piel es demasiada promesa para mi cuerpo mortal, que deja de resistir y camina hacia vos, el calor y la niebla que forma el vapor.
Me acerco a la puerta. Todavía no me decido a quitarme la camisa y la braga, únicas prendas que llevo puestas.
Asomo mi cabeza por el marco y te veo del otro lado de la mampara, que por ser apenas ahumada me permite ver cómo te movés. Tus manos recorriéndote el cuerpo, esbozos de espuma por allá y por aquí, agua, vapor. No te das cuenta de que me acerco. Tampoco notás cuando abro lentamente la mampara lo suficiente para colarme en la ducha contigo.
Vestida como estaba entré.
Te enjuagabas el rostro, por eso no me viste.
Abriste los ojos y pude ver que te sorprendí un poco... pero conociéndome sabías que no iba a dejarte tanto tiempo a solas bajo el agua.
Me acerqué a vos y ocupé tu lugar bajo la ducha. Las gotas caían lentamente, mojando cada rincón de las telas que me cubrían. Y bajo la camisa se descubría todo mi cuerpo, lentamente, al ritmo de la caída del agua.
Me mirabas lascivo desde tu rincón, observando cada pliegue, grabando en la memoria la forma en que se asomaban mis pezones por debajo de la tela húmeda, deseando ser gota, deseando la humedad que tan solo con esa mirada pérfida ya habías conseguido.
Te acercaste a mi y comenzaste a desabotonar la camisa blanca.
Como la tela estaba pegada a mi cuerpo, sentía en cada intento tus movimientos en mi pecho primero y luego en mi vientre, bajando en línea recta hacia mi pubis. Pero no llegabas hasta allí.
La camisa abierta.
Me la quitaste lenta, muy lentamente. Permitiendo que cada poro sintiera la liberación de esa prisión fibrosa hacia el tibio líquido que fluía sobre mí. Descubriendo primero un pecho. Después el otro. Y finalmente descubriendo los hombros y bajando hacia un rincón de la tina.
Mientras bajabas delante de mi para quitarme la camisa habías recorrido con besos la distancia entre mi esternón y mi ombligo, y ahí te detuviste. Hasta que decidiste ir por mis bragas y bajarlas lentamente, continuando mucho más lentamente el camino de besos que habías empezado minutos atrás.
Una vez desnuda tomaste mis manos y me ayudaste a ponerme sobre mis rodillas, pero de espaldas a vos. Llevaste mis palmas hasta los grifos y con un ademán me pediste que las dejara allí. Tus manos tenían total libertad sobre mi cuerpo, y la usaste sin tapujos. Tomando mis pechos, presionando mi vientre, empujando mi pubis hacia vos para dejarme sentir de qué forma tu sexo pedía a gritos poseerme.
Mientras tu mano derecha dibujaba círculos de placer sobre mi sexo, con tu otra mano te abrías paso entre mis piernas para hacerme tuya una vez más.
Sentir el calor de tu sexo en el mío, de tu humedad junto a la mía, al tiempo que miles de gotas sensibilizan toda mi piel es delicioso. Sentir que tus manos no dejan ir mis caderas fuera de los límites de tu placer, indescriptible. Mientras, mil gotas perfectas caen sobre mi espalda y se deslizan hacia los costados, algunas cayendo al fondo de la tina, otras abriéndose paso por mi abdomen y terminando en mi pubis, sintiendo toda tu virilidad entrar y salir de mi, en éxtasis.
Fundiéndonos bajo el agua.
Y tu goce, mío.
Y mi placer, tuyo.
Hasta la última gota.
puedo verlo de perfil
ondulándose en el mar.
Como algas en el mar.
está descalza
algo sobrenatural
la desplaza.
El sillón, en un rincón atemporal de la habitación.
Mirando los barcos que se alejan hacia el Atlántico pienso si vas a tardar mucho en salir de la ducha.
El sonido de las gotas al caer es tentador, incluso para mí en mi privilegiada posición.
Vapor que se asoma por el vano de una puerta que intento no mirar, para no tentarme. Pero el sonido de mil gotas recorriendo tu piel es demasiada promesa para mi cuerpo mortal, que deja de resistir y camina hacia vos, el calor y la niebla que forma el vapor.
Me acerco a la puerta. Todavía no me decido a quitarme la camisa y la braga, únicas prendas que llevo puestas.
Asomo mi cabeza por el marco y te veo del otro lado de la mampara, que por ser apenas ahumada me permite ver cómo te movés. Tus manos recorriéndote el cuerpo, esbozos de espuma por allá y por aquí, agua, vapor. No te das cuenta de que me acerco. Tampoco notás cuando abro lentamente la mampara lo suficiente para colarme en la ducha contigo.
Vestida como estaba entré.
Te enjuagabas el rostro, por eso no me viste.
Abriste los ojos y pude ver que te sorprendí un poco... pero conociéndome sabías que no iba a dejarte tanto tiempo a solas bajo el agua.
Me acerqué a vos y ocupé tu lugar bajo la ducha. Las gotas caían lentamente, mojando cada rincón de las telas que me cubrían. Y bajo la camisa se descubría todo mi cuerpo, lentamente, al ritmo de la caída del agua.
Me mirabas lascivo desde tu rincón, observando cada pliegue, grabando en la memoria la forma en que se asomaban mis pezones por debajo de la tela húmeda, deseando ser gota, deseando la humedad que tan solo con esa mirada pérfida ya habías conseguido.
Te acercaste a mi y comenzaste a desabotonar la camisa blanca.
Como la tela estaba pegada a mi cuerpo, sentía en cada intento tus movimientos en mi pecho primero y luego en mi vientre, bajando en línea recta hacia mi pubis. Pero no llegabas hasta allí.
La camisa abierta.
Me la quitaste lenta, muy lentamente. Permitiendo que cada poro sintiera la liberación de esa prisión fibrosa hacia el tibio líquido que fluía sobre mí. Descubriendo primero un pecho. Después el otro. Y finalmente descubriendo los hombros y bajando hacia un rincón de la tina.
Mientras bajabas delante de mi para quitarme la camisa habías recorrido con besos la distancia entre mi esternón y mi ombligo, y ahí te detuviste. Hasta que decidiste ir por mis bragas y bajarlas lentamente, continuando mucho más lentamente el camino de besos que habías empezado minutos atrás.
Una vez desnuda tomaste mis manos y me ayudaste a ponerme sobre mis rodillas, pero de espaldas a vos. Llevaste mis palmas hasta los grifos y con un ademán me pediste que las dejara allí. Tus manos tenían total libertad sobre mi cuerpo, y la usaste sin tapujos. Tomando mis pechos, presionando mi vientre, empujando mi pubis hacia vos para dejarme sentir de qué forma tu sexo pedía a gritos poseerme.
Mientras tu mano derecha dibujaba círculos de placer sobre mi sexo, con tu otra mano te abrías paso entre mis piernas para hacerme tuya una vez más.
Sentir el calor de tu sexo en el mío, de tu humedad junto a la mía, al tiempo que miles de gotas sensibilizan toda mi piel es delicioso. Sentir que tus manos no dejan ir mis caderas fuera de los límites de tu placer, indescriptible. Mientras, mil gotas perfectas caen sobre mi espalda y se deslizan hacia los costados, algunas cayendo al fondo de la tina, otras abriéndose paso por mi abdomen y terminando en mi pubis, sintiendo toda tu virilidad entrar y salir de mi, en éxtasis.
Fundiéndonos bajo el agua.
Y tu goce, mío.
Y mi placer, tuyo.
Hasta la última gota.
puedo verlo de perfil
ondulándose en el mar.
Como algas en el mar.