Música.
El verano se cuela entre las persianas bajas, como la leve brisa que juguetea con las largas cortinas blancas.
Su piel, despojada de todo vestido, se alegra con el sutil impacto del aire tibio que la alcanza.
Él siempre la espera. Cómodo en ese lugar de la casa, siempre dispuesto a sus deseos.
Ella toma a su amante con las dos manos y lo conduce hacia la sala con el amplio ventanal; el mismo ventanal de las persianas bajas y las cortinas de algodón.
Lentamente comienza a desnudarlo, con el infinito cuidado de siempre, con ese amor que ya se deja ver en el brillo de sus ojos.
Y él no reclama.
Sumiso se entrega a las hábiles manos de ella, que acomoda finalmente su cuerpo sobre el rojo sillón.
Y él, que con un movimiento ya está entre sus piernas.
Ella acaricia sus curvas por última vez antes de comenzar con ese ir y venir rítmico, sintiendo espasmos de placer con cada acorde.
Es innegable: ella toca el cello deliciosamente.
Su piel, despojada de todo vestido, se alegra con el sutil impacto del aire tibio que la alcanza.
Él siempre la espera. Cómodo en ese lugar de la casa, siempre dispuesto a sus deseos.
Ella toma a su amante con las dos manos y lo conduce hacia la sala con el amplio ventanal; el mismo ventanal de las persianas bajas y las cortinas de algodón.
Lentamente comienza a desnudarlo, con el infinito cuidado de siempre, con ese amor que ya se deja ver en el brillo de sus ojos.
Y él no reclama.
Sumiso se entrega a las hábiles manos de ella, que acomoda finalmente su cuerpo sobre el rojo sillón.
Y él, que con un movimiento ya está entre sus piernas.
Ella acaricia sus curvas por última vez antes de comenzar con ese ir y venir rítmico, sintiendo espasmos de placer con cada acorde.
Es innegable: ella toca el cello deliciosamente.