martes, abril 11, 2006

Apática.

O no...
No lo sé.

Primero llega la ansiedad. Mi compañera de siempre.
Y esperar el movimiento ajeno.
Seguir por el rabillo del ojo cada cambio. Allá.
Después el enojo.
El enojo por la carne.
La rabia por la sangre.
Furia por eso que todavía duele.
Porque es pasado. Y pisado no debería arder.
Pero sí; y después... Después dolor.
Y unos dientes marcando la carne con todas sus fuerzas.
Una piel que deja de sentir, se adormece asfixiada.
Eso quiero: No sentir.
No quiero sentirla, carne ardiendo.
No quiero verla en mis pesadillas.
Y entonces, llanto.
La angustia que llega en mares salados y se rompe en mis pestañas breves.
Doler y hacer doler.
Y que el día se llene de lágrimas y desidia.
Las ganas en un paquete, que te las vendo.
Me las comprás por uno veinte, y no te sirven.
Sangre por la herida de tu cuerpo ajeno en el nuestro.
Sangre por la herida descubierta.
Tan expuesta.
Tan vulnerable.

A veces...
A veces me asusto de mi sombra.