Meet Up.
Acordamos el horario en una de las primeras charlas telefónicas.
La idea era encontrarnos y jugar.
Acomodé mis horarios para poder dedicarte la tarde entera. Preparé mi bolso y terminé de pulir mi coartada para ese día (mientras vos no le rendías cuentas a nadie, yo me manejaba en la más deliciosa ilegalidad.).
Decidimos encontrarnos en una esquina neutral para después ir a tu depto. Nos habíamos visto una única vez, en una reunión social de esas que están repletas de gente y en las que nada se puede hablar.
El día del encuentro nos saludamos con un beso en la mejilla, tal como la primera vez... Pero ese día todo era diferente. El camino hasta tu casa me pareció eterno. Eterno como ese segundo, cuando te vi parado en la esquina y casi no te reconozco.
Mientras subíamos en el ascensor, yo me preguntaba cuánto tardaríamos en sacarnos la ropa. Abriste la puerta y me dejaste pasar. Dejé mi bolso en el piso y me quedé observándolo todo. Por un acuerdo no tan tácito me quedé quieta, esperando que hicieras el primer movimiento... Y fui tu presa anhelante y sumisa.
Me tomaste por la espalda. Tu boca no tardó en aferrarse a mi cuello y tus manos se aferraron a mi cintura. Una boca de labios carnosos y lengua suave y hábil recorrió mi piel y me estremecí de placer. Sentí tus dientes en mi cuello, tu lengua suave en extremo y tus manos recorriendo mi cuerpo y desabotonando mi camisa azul. En un instante dejaste mi pecho desnudo y comenzaste a acariciar y pellizcar mis pezones. Mis pechos parecían hechos a la medida de tus manos y la forma en que presionabas tu cuerpo contra el mío para mostrarme tu excitación fue increíble. Me fascinó la forma en que tu cuerpo serpenteaba detrás del mío que, dócil, se dejaba hacer.
No podía sacar mis manos de tu cuerpo, rozándote y acariciándote, hasta que decidí tomar las riendas por un momento. Me separé de vos, me di vuelta hasta enfrentarte y te saqué la remera. Tu cuerpo fue una sorpresa grata pero inesperada. Eras más hermoso de lo que yo podía recordar. Desabroché tu jean mientras vos soltabas mi cinturón y, cuando finalmente bajé el cierre, llevé tu pantalón hasta tus tobillos. Me incorporé y te empujé sobre la cama. Fue delicioso ver cómo tu miembro erecto se escapaba por debajo de tu ropa interior. Se me hizo agua la boca.
Te quité las zapatillas, las medias y el jean, y comencé a subir con besos por tus piernas. Lamiéndote. Besándote. Y no tardaste en empujarme sobre la cama, sobre tu cuerpo, y terminar de desnudarme. El calor de tu piel fue intenso, delicioso. Me incorporé y comencé a besar tu vientre, justo en el borde de tu ropa interior. Tu cuerpo se tensaba y se relajaba con cada caricia, con cada beso. Gemiste divinamente cuando mordí la tela (pellizcando un poco tu piel muy suavemente) y comencé a bajar tu ropa interior. Me tomé mi tiempo para recorrer todo tu pubis sin tocar tu sexo, para perderme en tu dulce piel. Besándote. Lamiendo cada rincón... Pero siempre evitando aquello que más deseabas que bese. Solo apoyé suavemente los labios sobre tu sexo cuando tu respiración se entrecortaba y, regodeándome en tus jadeos, disfruté inmensamente ese instante en el que contuviste la respiración y te deshiciste en gemidos. Recorrí todo tu glande suavemente con la lengua y luego te devoré. Me estremecí cuando tu cuerpo tembló de placer mientras mi boca subía y bajaba por tu sexo.
Noté que intentabas incorporarte mientras yo te lamía, pero no podías. Luchabas contra tu propio cuerpo, que estaba rendido al placer. Finalmente lograste sentarte en la cama y me tomaste por las muñecas. Hiciste que me recostara y te hundiste entre mis piernas. Tu lengua recorrió mi sexo suavemente y me sentí morir. Me deshacía con cada caricia de esa lengua y esos labios. Tu lengua me recorría íntegra y yo no podía más que aferrarme tu pelo y empujarte hacia mí. Cuando no lo soporté más comenzaste a besar mi vientre y a subir con besos hasta mi pecho. Besaste mis pezones y, mientras los lamías, tus dedos seguían acariciando mi vulva. Yo tomé tu sexo con mi mano y nos quedamos un instante así, masturbándonos suavemente. Mientras nos tocábamos, te estiraste para tomar uno de los preservativos estratégicamente ubicados cerca de la cama. Observé todo tu cuerpo mientras te lo ponías, y la espera fue deliciosa. Viniste a mí y jugueteaste con tu sexo contra el mío, que te esperaba empapado.
Pude sentir como tu glande hinchado entraba en mí milímetro a milímetro, y el placer fue increíble. Sentir finalmente tu pecho contra el mío, tus piernas entre mis piernas, tu pubis empujando ansiosamente contra el mío. Me encantó que disfrutaras cada movimiento, que te detuvieras en cada embestida para sentir cómo mi cuerpo se estremecía de placer. Tus manos me tomaban con fuerza, tus dedos se clavaban en mi carne, mis uñas marcaban tu espalda una y otra vez. Tanto placer. Tanta alquimia. Tanta piel.
No recuerdo cuántas horas pasaron, pero era noche cerrada cuando tomamos esa ducha juntos. Pero eso fue después de aquel abrazo inesperado, después de que me dijeras eso que tampoco esperaba escuchar.
Será que...
Veremos.
La idea era encontrarnos y jugar.
Acomodé mis horarios para poder dedicarte la tarde entera. Preparé mi bolso y terminé de pulir mi coartada para ese día (mientras vos no le rendías cuentas a nadie, yo me manejaba en la más deliciosa ilegalidad.).
Decidimos encontrarnos en una esquina neutral para después ir a tu depto. Nos habíamos visto una única vez, en una reunión social de esas que están repletas de gente y en las que nada se puede hablar.
El día del encuentro nos saludamos con un beso en la mejilla, tal como la primera vez... Pero ese día todo era diferente. El camino hasta tu casa me pareció eterno. Eterno como ese segundo, cuando te vi parado en la esquina y casi no te reconozco.
Mientras subíamos en el ascensor, yo me preguntaba cuánto tardaríamos en sacarnos la ropa. Abriste la puerta y me dejaste pasar. Dejé mi bolso en el piso y me quedé observándolo todo. Por un acuerdo no tan tácito me quedé quieta, esperando que hicieras el primer movimiento... Y fui tu presa anhelante y sumisa.
Me tomaste por la espalda. Tu boca no tardó en aferrarse a mi cuello y tus manos se aferraron a mi cintura. Una boca de labios carnosos y lengua suave y hábil recorrió mi piel y me estremecí de placer. Sentí tus dientes en mi cuello, tu lengua suave en extremo y tus manos recorriendo mi cuerpo y desabotonando mi camisa azul. En un instante dejaste mi pecho desnudo y comenzaste a acariciar y pellizcar mis pezones. Mis pechos parecían hechos a la medida de tus manos y la forma en que presionabas tu cuerpo contra el mío para mostrarme tu excitación fue increíble. Me fascinó la forma en que tu cuerpo serpenteaba detrás del mío que, dócil, se dejaba hacer.
No podía sacar mis manos de tu cuerpo, rozándote y acariciándote, hasta que decidí tomar las riendas por un momento. Me separé de vos, me di vuelta hasta enfrentarte y te saqué la remera. Tu cuerpo fue una sorpresa grata pero inesperada. Eras más hermoso de lo que yo podía recordar. Desabroché tu jean mientras vos soltabas mi cinturón y, cuando finalmente bajé el cierre, llevé tu pantalón hasta tus tobillos. Me incorporé y te empujé sobre la cama. Fue delicioso ver cómo tu miembro erecto se escapaba por debajo de tu ropa interior. Se me hizo agua la boca.
Te quité las zapatillas, las medias y el jean, y comencé a subir con besos por tus piernas. Lamiéndote. Besándote. Y no tardaste en empujarme sobre la cama, sobre tu cuerpo, y terminar de desnudarme. El calor de tu piel fue intenso, delicioso. Me incorporé y comencé a besar tu vientre, justo en el borde de tu ropa interior. Tu cuerpo se tensaba y se relajaba con cada caricia, con cada beso. Gemiste divinamente cuando mordí la tela (pellizcando un poco tu piel muy suavemente) y comencé a bajar tu ropa interior. Me tomé mi tiempo para recorrer todo tu pubis sin tocar tu sexo, para perderme en tu dulce piel. Besándote. Lamiendo cada rincón... Pero siempre evitando aquello que más deseabas que bese. Solo apoyé suavemente los labios sobre tu sexo cuando tu respiración se entrecortaba y, regodeándome en tus jadeos, disfruté inmensamente ese instante en el que contuviste la respiración y te deshiciste en gemidos. Recorrí todo tu glande suavemente con la lengua y luego te devoré. Me estremecí cuando tu cuerpo tembló de placer mientras mi boca subía y bajaba por tu sexo.
Noté que intentabas incorporarte mientras yo te lamía, pero no podías. Luchabas contra tu propio cuerpo, que estaba rendido al placer. Finalmente lograste sentarte en la cama y me tomaste por las muñecas. Hiciste que me recostara y te hundiste entre mis piernas. Tu lengua recorrió mi sexo suavemente y me sentí morir. Me deshacía con cada caricia de esa lengua y esos labios. Tu lengua me recorría íntegra y yo no podía más que aferrarme tu pelo y empujarte hacia mí. Cuando no lo soporté más comenzaste a besar mi vientre y a subir con besos hasta mi pecho. Besaste mis pezones y, mientras los lamías, tus dedos seguían acariciando mi vulva. Yo tomé tu sexo con mi mano y nos quedamos un instante así, masturbándonos suavemente. Mientras nos tocábamos, te estiraste para tomar uno de los preservativos estratégicamente ubicados cerca de la cama. Observé todo tu cuerpo mientras te lo ponías, y la espera fue deliciosa. Viniste a mí y jugueteaste con tu sexo contra el mío, que te esperaba empapado.
Pude sentir como tu glande hinchado entraba en mí milímetro a milímetro, y el placer fue increíble. Sentir finalmente tu pecho contra el mío, tus piernas entre mis piernas, tu pubis empujando ansiosamente contra el mío. Me encantó que disfrutaras cada movimiento, que te detuvieras en cada embestida para sentir cómo mi cuerpo se estremecía de placer. Tus manos me tomaban con fuerza, tus dedos se clavaban en mi carne, mis uñas marcaban tu espalda una y otra vez. Tanto placer. Tanta alquimia. Tanta piel.
No recuerdo cuántas horas pasaron, pero era noche cerrada cuando tomamos esa ducha juntos. Pero eso fue después de aquel abrazo inesperado, después de que me dijeras eso que tampoco esperaba escuchar.
Será que...
Veremos.